Kindle: ¡sorpresa!

Me acaba de llegar una carta de un amigo. La parte más interesante es la siguente:


He conseguido llegar al parque con mi caja bajo el brazo sin que nadie me detenga. El trecho ha sido largo, menos mal que saqué antes todas las pastillas de jabón. Planto la caja en el primer sitio plano y sin piedras a la vista que encuentro, me subo y grito: “¡Me gusta Kindle!”.

Kindle

La mitad de los que hay allí me miran con furia. Saben de lo que hablo y no se lo pueden creer. Indignados, buscan entre la hierba algo que poder tirarme. “Menos mal que fui previsor”. Frustrados, se largan a otra parte. No sé si el resto del auditorio tiene la más remota idea de qué es Kindle o, simplemente, están demasiado asustados para moverse. Aprovecho su perplejidad para continuar con mi arenga, antes de que recuperen el control de sus cuerpos.

“¡Compatriotas, el libro ha muerto!”.

“¡ESO NO TE LO CREES NI TÚ!”, me espeta uno de ellos. Tras meditarlo un momento llego a la conclusión de que tiene razón. Sus argumentos me han convencido. Me bajo de mi caja, la cojo con cuidado y emprendo el camino de vuelta a la celda. Espero no haber cogido frío.

Estoy pensando qué decirle a mi amigo. Lo primero, que no se puede salir en pijama al jardín.

Yo lo tengo claro, Kindle es un cacharrito interesante. Uno de los primeros a la venta en utilizar tinta electrónica, lo que puede abaratar los precios de otros dispositivos similares, aún por venir. Utiliza la red de telefonía móvil de una manera bastante interesante que puede abrir puertas a muchas otras aplicaciones. Aunque también tengo claro que no me lo compraría tal y como es ahora.

Sí que lo aceptaría como regalo. Lo dejó caer, por si alguien quiere darme una sorpresa.

GWAR

Gracias a Ron Gilbert, que dice que hace poco estuvo viendo a GWAR en directo, pues, esto, he sabido de su existencia. No tenía ni idea de quiénes eran, así es. Pero todo tiene solución, y ésta ha sido mi primera ración:

Me quedo con esta parte de la entrevista, parece definir bastante bien de qué van:

Joan: I don’t know what the hell you’re talking about.
Beefcake: Neither do we Joan, it’s okay.
Oderus: Everywhere you look nowadays, you look on TV, you see people being run over by tanks, people being beaten by the police, people starving, uh, new sexual diseases…
Beefcake: Famine.
Oderus: …Obviously the human race is in love with self destruction. We are only satisfying a consumer need.
Beefcake: Thats right, supply and demand. Supply and demand, Joan.

Pobre Joan.

Mi "números primos"

Me preocupa ser “inasequible al desaliento” con algunos de los temas sobre los que escribo aquí. Por ejemplo, Michael Hedges. Es paradójico que no fuese uno de mis favoritos hasta que, gracias a YouTube, pude ver que en Aerial Boundaries sólo hay una guitarra.

Por eso, porque no quiero parecer pesado, me lo he pensado un poco antes de comentar lo parecidas que son las portadas de dos discos en directo de un par de guitarristas que algunos de vosotros ya conoceréis: Live in Your Head, de Don Ross y Live on the Double Planet, de Michael Hedges.

Live on the Double Planet, de Michael Hedges Live in Your Head, de Don RossEs posible que no se trate de una casualidad ya que Don Ross le admiraba y hasta le escribió un tema llamado Michael, Michael, Michael como homenaje:

This song was written as a tribute to Michael Hedges. Don Ross makes it clear that Michael Hedges was a major influence in his music. It’s a good one. I know I’ve featured Don before, but he needs another one. This week couldn’t be without one of his songs.

El tema en cuestión, cómo no, está en YouTube:

Así que lo he vuelto a hacer, otra entrada más sobre Hedges. Supongo que no importa demasiado: a fin de cuentas, no tengo muchas visitas. Y, si las tuviese, Michael Hedges sería mi “números primos“.

Paquete mortal

Ayer me llegó un paquete por correo. Los datos del remitente eran ilegibles. Me recomendaron que no lo abriese pero la curiosidad me pudo. ¿Por qué nunca hago caso a nadie, por qué?

Empecé a rasgar el precinto. En cuanto hubo una rendija lo suficientemente ancha algo salió del paquete, sin darme tiempo a reaccionar. Saltó al suelo y se alejó reptando. Nada más recuperarme del susto salí en pos de la criatura. Se iba perdiendo tras las esquinas de mi modesta mansión. Desde el ala norte, donde nos encontrábamos, llegó a la zona de invitados; allí había pasado la noche un amigo.

Cuando oí el grito supe que ya era demasiado tarde. Había caído el primero:
Paquete mortal